Un alumno del Colegio Las Rosas, ganador del XLI Certamen Literario Infantil y Juvenil Cervantes
Nos complace anunciarles que C. V. G., alumno de 3º ESO del Colegio Las Rosas, ha resultado ganador del XLI Certamen Literario Infantil y Juvenil Cervantes, convocado por el Ayuntamiento de Alcalá de Henares. Su relato, Crónica de una Gloria Amarga, ha sido seleccionado como el mejor de su categoría.
Este prestigioso certamen literario, dirigido al alumnado de Primaria, ESO y FP de centros educativos de toda la Comunidad de Madrid, reconoce cada año la creatividad, la originalidad y la calidad literaria de los trabajos presentados.
Para la elección del trabajo de C. V. G., el jurado ha valorado aspectos como la estructura narrativa, la coherencia argumental, la riqueza léxica, la ortografía y la originalidad de las obras.
Crónica de una Gloria Amarga narra, en forma de diario personal, el regreso de un soldado español tras la Batalla de Lepanto. A través de varias entradas fechadas, el protagonista describe las secuelas físicas y emocionales de la guerra mientras atraviesa el Mediterráneo rumbo a Castilla. Entre heridas, tormentas y recuerdos, el relato explora la contradicción entre la gloria militar y el vacío íntimo que deja el sacrificio personal.
Desde el Colegio Las Rosas queremos felicitar a nuestro alumno por este importante reconocimiento, fruto de su talento, esfuerzo y pasión por la escritura. Este logro refleja también el compromiso del Centro con el desarrollo de la creatividad, la expresión escrita y el pensamiento crítico entre su alumnado.
La participación y el éxito en iniciativas culturales como el Certamen Literario Infantil y Juvenil Cervantes son una muestra de nuestra apuesta educativa por una formación integral que impulse las capacidades académicas y personales del alumnado.
Crónica de una Gloria Amarga.
8 de octubre.
Amanece un sol rojizo sobre las aguas de la costa griega y con él, la certeza de que sigo entre los vivos, aunque mi alma aún esté en aquel espanto de batalla. No ha hallado mi cuerpo descanso en toda la noche; ahora, mientras los primeros rayos de luz hieren mis ojos, fuerzo a mi mano a sostener la pluma, mas temo que mi pésimo estado me venza pronto.
Una docena de heridas, abiertas y feas, están presentes en mí como recordatorios de un infierno temiblemente inolvidable. Espero la ayuda con las fuerzas justas para no desvanecerme. Recuerdo nuestra llegada a la costa griega: desde aquel instante preciso, el mundo se tornó en un caos de fuego, estruendo de pólvora y gritos que nadie sabría describir. No alcanzo a contar los navíos que el mar se ha tragado, pero no albergo duda alguna de que son muchos, así como los hombres cuyo destino ha sido el más trágico de todos.
En medio de esta carnicería, mi pensamiento vuela hacia mi amada Beatriz. Hube de abandonarla para marchar por este Mediterráneo que hoy huele a sangre y salitre, y solo Dios sabe cuánto me pesa ese sacrificio. Al que le doy gracias por haberme permitido sobrevivir a este horror, el mayor que jamás vieron los siglos, para tener la esperanza de verla de nuevo. Ansío el momento de emprender la vuelta a Cartagena y llevar conmigo esta victoria que, aunque gloriosa, me ha dejado el corazón tan roto como mi propia armadura.
Acabo de ser tratado por los doctores, que pese haberse hecho esperar me han sido de gran ayuda. Pues mis doce traumas han aliviado y ya puedo caminar sin dolor alguno.
9 de octubre.
La vuelta a casa se hace esperar con una agonía silenciosa mientras el navío que ha de transportarme de regreso a España es aprovisionado en este rincón del mundo. Me despido con de este mar, bajo su engañoso aspecto de espejo, oculta el descanso eterno de miles de cuerpos y calaveras que la avaricia de los hombres se llevó. Mis heridas van sanando lentamente, cerrándose en costras que pican y tiran, recordándome a cada instante que sigo entre los vivos. Ya puedo escribir sin que el incómodo dolor me nuble el juicio, mas el olor del hierro y la pólvora parece haberse unificado con mis propios huesos; es una esencia persistente, un perfume de muerte que ninguna brisa marina, por pura que sea, logra eliminar de mi piel.
Mi alma, sin embargo, no halla la paz prometida tras la victoria. En el silencio de las guardias nocturnas, los rostros de los compañeros que el destino se llevó desfilan ante mí como sombras acusadoras. Es ahora, cuando uno se pregunta si realmente merece la pena tanto quebranto y sangre vertida. He recorrido el Mediterráneo entero, bajo una bandera que a ratos me resulta ajena y sirviendo ciegamente a un rey que jamás tendrá constancia de mi nombre ni de mi sacrificio. He luchado una guerra lejos de todo lo que amo, sembrando solo dolor e incertidumbre en el hogar que abandoné por una idea abstracta de honor.
¿Qué será de mi Beatriz? ¿Será capaz de reconocerme cuando mis polvorientas botas pisen por fin el suelo de Castilla, o verá solo a un envejecido? El peso de esta victoria se siente hoy más pesada que la derrota más amarga.
10 de octubre
Parece que el cielo mismo ha decidido una venganza tras la carnicería de la batalla; el mar, que ayer parecía un espejo de plata tranquilo, se ha visto reemplazado hoy por una inmensa nube negra que agita todo a su paso. Nos hallamos sumidos en una guerra desigual frente a los mismísimos elementos, donde el valor del acero nada puede contra la furia del abismo. El viento arrasador ha desgarrado la vela mayor con la misma facilidad con que el cañón quiebra el mástil, mientras la lluvia ha irrumpido en la despensa, arruinando las escasas provisiones que nos quedaban. El intenso oleaje nos mantiene vagando sin rumbo ni esperanza por un mar del que decían ser el más noble, pero que hoy se comporta como el peor de todos.
Mientras me sujeto a los mástiles que aún resisten, sigo lamentando las pérdidas sufridas en aquel infierno. Se me encoge el alma al realizar la cuenta de nuestra desdicha: zarpamos treinta carabelas llenas de orgullo desde el puerto de Cartagena, y hoy regresamos apenas seis, en el peor de los estados y cargadas de sombras. ¿Es este el precio de la victoria? ¿Cuántos padres, hijos y hermanos han quedado bajo este oleaje embravecido?
En mitad de esta trágica situación, solo el recuerdo de mi Beatriz me impide rendirme a la profundidad. Temo que este sacrificio ciego que ofrecí sea lo último que entregue antes de que el océano me lleve con sí. Si hemos de hundirnos, que sea con el nombre de ella en mis labios.
22 de octubre.
Las aguas han decidido, por fin, concedernos tregua tras el castigo de los días pasados. El navío, aunque herido tanto como nosotros en nuestra carne, avanza ahora con una calma que me desespera. He pasado la jornada limpiando el óxido de mi armadura, observando cómo la luz del sol se refleja en el metal pulido; un brillo que parece ser falso tras haber presenciado tanta oscuridad. Mis heridas ya han sanado, mas el alma sigue en el silencio de las guardias. Me pregunto, sin haber conseguido eliminar ese sentimiento de amargura tras la victoria, si este sacrificio ciego que ofrecí a mi Rey tendrá algún beneficio en la posteridad o si quedará oculto bajo este mar griego.
He servido a una bandera con una lealtad que hoy cuestiono en mi camarote. ¿Cuántas vidas hemos tirado en nombre de una gloria que no se puede comer ni abrazar? Recorrí el Mediterráneo convencido de que el honor era un escudo infalible, sin percatarme de que, mientras protegía fronteras ajenas, dejaba la mía desprotegida. He sido un peón en un tablero de reyes que jamás conocerán mi rostro ni el vacío que dejo en mi hogar. Mi Beatriz aguarda en una Castilla que se me antoja ahora un sueño inalcanzable, un espejismo de pan y trigo. Le escribo versos en mi mente que el viento borra antes de que puedan llegar a sus oídos. El peso de esta medalla que me han prometido no compensa el frío de las noches en vela ni la incertidumbre de no saber si ella sigue siendo la mujer que dejé en el puerto con la promesa de un pronto regreso. Victoria, la llaman los mensajeros del Rey; yo, sin embargo, solo veo una soledad inmensa camuflada de honor y orgullo, una deuda de tiempo que nadie podrá pagarme jamás.
26 de octubre
El horizonte empieza a dibujar formas que mi corazón quiere reconocer como propias. Nos acercamos a las costas de las que partimos como soldados orgullosos y que ahora nos reciben como si nada hubiese sucedido. Me he mirado en un fragmento de espejo y no he reconocido al hombre que me devolvía la mirada; el sol y el humo han dibujado facciones en mi rostro que no estaban allí hace apenas un año. Soy un extraño para mí mismo, un fantasma que regresa de un infierno donde la piedad fue la primera baja. Me atormenta pensar en el dolor que habré causado a Beatriz con mi marcha, una ausencia que no pedí pero que acepté con esa obediencia muda que nos enseñaron desde la cuna.
¿Será ella capaz de reconocer mi voz tras el estruendo de los cañones que aún resuena en mis oídos? He entregado mis mejores días a una causa lejana, causándole nada más que una incertidumbre que debe de haberle pesado más que mi propia armadura. Me pregunto si el tiempo habrá sido compasivo o si, por el contrario, habrá borrado mi recuerdo de los rincones de nuestra casa. He luchado por una sombra, sirviendo ciegamente a un destino que nos trata como simple carne de cañón. El regreso se siente como una derrota amarga porque sé que nada volverá a ser igual. No traigo tesoros de oriente ni especias exóticas, solo este diario manchado y un corazón que late con el miedo de un niño ante lo desconocido. La victoria del Imperio es, en realidad, la ruina de mis años jóvenes, y temo que, al pisar finalmente el polvo de Castilla, descubra que el hombre que Beatriz amaba se quedó para siempre flotando en las aguas rojas de Lepanto, dejando solo un cascarón vacío en su lugar.
24 de diciembre
He llegado a casa cuando la nieve empezaba a cubrir los campos de Castilla, bajo un cielo de plomo que parecía guardar el mismo silencio que yo traía en el pecho. Al entrar en mi hogar, no hubo trompetas ni gritos, solo el crujido de la madera vieja y el calor de una hoguera que yo no había encendido. Beatriz salió a mi encuentro con un grito que se quedó atrapado en su garganta; sus ojos recorrieron mis cicatrices con un horror que pronto se tornó en una ternura dolorosa. Sin embargo, no estaba sola. Junto a ella, agarrado a sus faldas con manos pequeñas, un niño de escasos meses me observaba con una seriedad que no pertenece a la infancia.
Me quedé petrificado, con la mano aún apoyada en el pomo de una espada que de pronto sentí como un objeto ridículo y pesado. Mi hijo. Un ser que comenzó a respirar mientras yo quitaba alientos en nombre de un Rey que ni siquiera sabe pronunciar mi nombre. Es ahora, al sentir el calor de su pequeña mano sobre mi mejilla, cuando comprendo la magnitud de mi ciego sacrificio. He recorrido el Mediterráneo defendiendo fronteras invisibles, sirviendo a una gloria abstracta, y a cambio he entregado el primer llanto y los primeros pasos de mi propia sangre. He ganado una guerra para un Imperio que me olvidará mañana, pero he perdido un tiempo sagrado que ningún tesoro de la corona podrá devolverme. Soy un héroe para España, pero un extraño para el milagro que nació en mi ausencia. En este abrazo tardío, comprendo que la verdadera batalla no estaba en Lepanto, sino en el vacío de los años que ya nunca podré recuperar.
